Perfil sobre Marcelo Ebrard

Estrictamente Personal

El higadito

May 24, 2009

Marcelo Ebrard debe ser, si no el más, sí uno de los políticos más sofisticados que hoy en día tienen un cargo de elección popular y manejan cotidianamente el destino de millones de personas. Pupilo preferido de Manuel Camacho, es culto, leído, inteligente, sagaz y astuto. Un diamante que se fue puliendo desde el gobierno de Miguel de la Madrid, forjado en las buenas, las malas y las muy malas, sobreviviente en la jungla de la política y estrella reluciente en el firmamento mexicano.

Político moderno, algo que no todos en esa clase puede presumir, el jefe de Gobierno del Distrito Federal tiene enormes cualidades políticas. No pierde el tiempo; va directo al grano de los asuntos. No es de florituras retóricas, sino de dialéctica sólida. A lo que se compromete cumple.

Ha cultivado viejas lealtades -la de Camacho y Juan Enríquez Cabot, su ex colega en el servicio público y uno de sus grandes apoyos en Estados Unidos y el mundo-, mantenido alianzas -como con la maestra Elba Esther Gordillo, que lo ubica como uno de sus cuatro grandes amores platónicos-, y evitado dinamitar la que le puede ser su  trampolín al 2012 -con Andrés Manuel López Obrador-.

Camina firme hacia la candidatura presidencial -imposible prever en este momento si será por el PRD, por Nueva Alianza o por algún otro-, pero la pregunta es si llegará a salvo a su destino. Pese a todas esas cualidades, en la dimensión de su eventual candidatura presidencial, Marcelo Ebrard está muy lejos de ser un político perfecto. Así como tiene esas fortalezas, tiene debilidades. Por ejemplo, es mediáticamente repulsivo.

Siempre habla con la ceja arqueada, que baila de uno a otro lado de la cara. Tiene un tono que pretende ser didáctico, pero que a muchos agrede porque se siente como si cada oración fuera acompañada por doble mensaje invisible que dice “eres un tonto y sé que estoy perdiendo el tiempo contigo”. Arrogante y solemne, parece que le es muy difícil sonreír y tratar con terrícolas. No es cálido, sino distante. Siempre da la impresión de ser clasista. A su favor, hay que decir que Ebrard no ha cambiado con el poder.

Debe haber nacido con el aura de petulante, pues desde sus años de universitario sus compañeros lo consideraban socialmente insoportable. Cuando Camacho se convirtió en la bujía del proyecto que llevó a Carlos Salinas a la Presidencia, el antiguo profesor de El Colegio de México ofreció a varios de sus alumnos que se fueran a trabajar con él. “¿Va a estar Marcelo?”, preguntaban como si fuera un prefijo. “Entonces no vamos”. Vivió en el Colegio de México momentos importantes de su vida. Luchó por purgas contra todos los que pertenecían al Partido Comunista -siempre ha estado cargado a la derecha-, y peleó con Enrique Berruga, que muchos años después fue embajador de México en Naciones Unidas, por el amor de Francesca.

El episodio personal no sería relevante fuera de las revistas del corazón, pero Francesca, que se convirtió en su esposa y de la cual se divorció hace años, nunca dejó de estar cerca de Ebrard. Ya como jefe de Gobierno, siempre aparecía en la jefatura de Gobierno en momentos importantes, por lo que a sus cercanos no les pareció extraño -aunque sí políticamente inexplicable-, que recientemente la nombrara como una especie de canciller para los asuntos del gobierno local con el mundo.

La designación de Francesca toca el límite del nepotismo. Pero eso no le importa a él, que al ser un sobreviviente de la jungla, debe creer que todo lo puede. La parte más crítica en su carrera debe ser el linchamiento de tres agentes federales en Tláhuac -dos de ellos murieron quemados en la calle-, cuando él era el secretario de Seguridad Pública en el gobierno de López Obrador. Su policía pudo haberlos rescatado, pero nunca les dio la orden de hacerlo. Vieron el asesinato desde una esquina, mientras se fumaban un cigarrillo.

El entonces presidente Vicente Fox, que tenía la responsabilidad máxima sobre ese cargo, lo destituyó, pero López Obrador lo sacó de lo que hubiera sido su pozo y lo nombró secretario de Desarrollo Social, desde donde lo impulsó a la jefatura del gobierno capitalino. Pero nunca fue su aliado ideológico; meramente táctico. Cuando llegó al poder y el de López Obrador comenzó a desvanecerse, empezó a alejarse de él. Lo llegó a despreciar en privado, pero cuidó las formas en público. Cada dos meses lo busca para reunirse con él; la última vez, durante la contingencia por la influenza, donde le anticipó las medidas que tomaría.

Su fuerza no estriba en las bases sociales o los grupos políticos, sino en el dinero del presupuesto del Distrito Federal. Con ese poder logra controlar a medios, como hace unos días, cuando con una llamada telefónica logró que un periódico aniquilara la información que era el único gobernante en el país que no quería dar a conocer su salario. Finalmente, tuvo que revelarlo. Pero no sólo de dinero vive el político, ni sólo de inteligencia. Si quiere llegar en condiciones políticas para 2012, requerirá de algo más que salir todos los días dando declaraciones de cualquier cosa o cocinando galletitas ante las cámaras de televisión.

Tiene que ganarse a la gente y ser más popular. O sea, no ser Marcelo Ebrard. Los necesita como instrumento de presión contra los grupos políticos que no lo quieren pero que, en el pragmatismo político, lo respaldarían por su arraigo. Le urgen las alianzas reales, no las que le preste López Obrador. Tendría que aplicar la inteligencia para forjar nuevas alianzas y dejar de ir alienando a la gente por la vida, porque cuando necesite de ellos, si no cambia, lo más seguro es que le voltearán la espalda, y entonces no podría decir que no se lo ganó a pulso.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

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